Hay líderes que construyen empresas y organizaciones. Y hay líderes que construyen país. Ricardo Poma perteneció a esa segunda categoría. Su vida fue testimonio de que el éxito empresarial y el compromiso social no solo pueden convivir, sino que deben caminar juntos. Para él, liderar no era ocupar una posición, sino asumir una responsabilidad con las personas, con la excelencia y con El Salvador.
Al honrar su memoria, reconocemos no solo al empresario visionario, sino al hombre que comprendía el progreso social como un camino de construcción permanente. El desarrollo no era para él una meta aislada, sino un esfuerzo continuo por cerrar brechas y generar mejores oportunidades para todos.
La historia empresarial de don Ricardo es ampliamente conocida. Bajo su liderazgo se consolidó y expandió Grupo Poma, un conglomerado empresarial con presencia e impacto regional. Su legado, sin embargo, trasciende los negocios. Se refleja en su convicción de que el éxito adquiere sentido cuando contribuye a la prosperidad y el bienestar de las personas.
Don Ricardo estuvo presente desde el primer día en la historia de FUSAL, integrando su Junta Directiva y participando en los cimientos de la organización. En 1996, asumió la presidencia con la convicción de conducir a la organización bajo estándares de excelencia, colocando en el centro a las personas a quienes sirve. Promovió una gestión orientada a invertir estratégicamente en aquellas problemáticas sociales donde era posible generar cambios sostenibles en el bienestar de las poblaciones más vulnerables.
En 2004, impulsó la atención a la primera infancia, con especial énfasis en nutrición, convencido de que una intervención temprana podía contribuir a que familias del área rural rompieran el ciclo de la pobreza. Posteriormente, en 2013, promovió que la organización profundizara su mirada hacia el desarrollo integral de la niñez, acompañándolos desde el vientre materno hasta el inicio de su etapa escolar.
Hacer las cosas bien, desde el punto de vista técnico y ético, caracterizó su manera de liderar. Por ello promovía la calidad, el orden, la claridad y los resultados como elementos fundamentales del trabajo institucional. Para don Ricardo, la excelencia no era un objetivo abstracto, sino una forma de respeto hacia las personas a quienes servimos, hacia los colaboradores y hacia los aliados y donantes que confían en la labor de FUSAL.
Una pregunta que solía plantear para invitar a la reflexión era: “¿Qué más podemos hacer?”. Esa búsqueda constante de nuevas formas de contribuir fue una de las fuerzas que impulsaron el trabajo de FUSAL y motivaron la profundización de su impacto en las áreas de salud, educación y desarrollo comunitario.
Su compromiso con El Salvador se expresó en obras que mejoraron la calidad de vida de miles de personas, especialmente de la niñez, la juventud y las comunidades más vulnerables.
Hoy su ausencia física se siente profundamente. Sin embargo, su legado continúa presente.
Permanece en la cultura de excelencia que ayudó a consolidar.
Permanece en las generaciones de profesionales y líderes que impulsó.
Permanece en las miles de vidas impactadas y en las oportunidades que ayudó a abrir.
Permanece en cada colaborador que aprendió de su integridad y su sentido de responsabilidad.
Don Ricardo enseñó con el ejemplo que el liderazgo se ejerce sirviendo. Honrar su memoria implica continuar ese compromiso y seguir trabajando por un El Salvador con más oportunidades, más bienestar y más desarrollo para todos.
Ese es el legado de Ricardo Poma:
